Pon la harina integral, la levadura y la sal en un bol amplio y mézclalas para repartir la sal y la levadura de forma uniforme.
Añade el agua tibia poco a poco y mezcla con una espátula o con la mano hasta que no queden zonas de harina seca. La masa debe quedar espesa, húmeda y pegajosa; evita añadir harina extra para endurecerla.
Cubre el bol y deja reposar la masa aproximadamente 2 horas en un lugar sin corrientes de aire, hasta que se vea inflada y con burbujas. Si la cocina está fría, puede necesitar más tiempo.
Engrasa un molde metálico de aproximadamente 25 x 11 cm con el aceite. Hazlo cuando la masa esté cerca de terminar su primera fermentación para no dejarla esperando.
Vierte la masa en el molde y alisa la superficie con una espátula ligeramente humedecida. Cúbrela y deja que repose unos 30 minutos, hasta que se vea más aireada y llegue cerca del borde.
Cuando falten unos 15 minutos para terminar el reposo en el molde, precalienta el horno a 200 °C con calor arriba y abajo.
Hornea a 200 °C durante 20 minutos. Baja la temperatura a 180 °C y continúa la cocción durante 25 minutos, hasta que la superficie esté dorada y el centro alcance aproximadamente 96 °C si lo compruebas con un termómetro.
Desmolda el pan al sacarlo del horno y déjalo enfriar sobre una rejilla durante al menos 45 minutos. La miga seguirá asentándose mientras pierde vapor; cortarlo antes puede dejarlo húmedo y gomoso.
Cuando esté completamente frío, guárdalo envuelto en un paño limpio o córtalo en rebanadas para congelarlo en una bolsa hermética.