Coloca la harina, el azúcar, la sal, la levadura y el aceite en un bol, procurando que la levadura no quede en contacto directo con la sal. Añade 320 ml de agua tibia y mezcla; incorpora el resto solo si la masa se siente seca. Cuando no queden zonas de harina suelta, tapa y deja reposar 30 minutos.
Amasa durante 3 minutos y deja reposar 10 minutos. Repite el amasado y el reposo dos veces más, hasta que la masa se vea más lisa y elástica. Incorpora los 100 g de semillas de lino en el último amasado, distribuyéndolas sin desgarrar la masa.
Pasa la masa a un bol ligeramente aceitado, tápala y déjala en un lugar templado durante 60 a 75 minutos, hasta que casi duplique su volumen. El tiempo depende de la temperatura de la cocina, así que guíate por el crecimiento y no solo por el reloj.
Vuelca la masa sobre la mesa, divídela en diez porciones de aproximadamente 100 g y bolea cada una tensando suavemente la superficie. Humedece apenas cada pieza y pásala por las semillas reservadas, presionando con suavidad para que se adhieran.
Coloca los panecillos sobre una bandeja con papel de horno, dejando espacio entre ellos. Tápalos y deja que leven entre 45 y 60 minutos, hasta que se vean inflados y recuperen lentamente la forma al tocarlos.
Precalienta el horno a 250 °C con una bandeja metálica resistente al calor en la parte baja. Coloca los panecillos en el horno, vierte con cuidado 150 ml de agua hirviendo en la bandeja caliente y cierra enseguida. Hornea 5 minutos con vapor, abre brevemente para que salga parte de la humedad, baja la temperatura a 200 °C y continúa 15 minutos, hasta que estén dorados y suenen huecos en la base.
Retira los panecillos de la bandeja y déjalos enfriar sobre una rejilla al menos 30 minutos antes de abrirlos. Así la miga termina de asentarse y no queda gomosa ni comprimida.