Disuelve la levadura fresca en el agua tibia y remueve hasta que no queden grumos. El líquido debe sentirse apenas tibio al tacto, nunca caliente.
En un bol, mezcla el huevo, la manteca derretida y tibia, el azúcar, el puré de calabaza, la leche en polvo y la sal. Integra hasta obtener una mezcla uniforme.
Añade la harina poco a poco y amasa durante 8 a 10 minutos, a mano o con gancho, hasta que la masa esté lisa, elástica y apenas pegajosa. Añade harina solo si resulta imposible trabajarla.
Forma una bola, colócala en un bol ligeramente engrasado y cúbrela. Déjala reposar entre 60 y 90 minutos en un lugar tibio, hasta que duplique su volumen.
Desgasifica la masa con suavidad, divídela en diez porciones de aproximadamente 95 g y forma bolas tensando la superficie. Colócalas sobre una bandeja con papel de horno y aplánalas ligeramente.
Cubre la bandeja y deja reposar los panecillos entre 60 y 90 minutos, hasta que se vean inflados y la huella de un dedo regrese lentamente.
Calienta el horno a 180 °C con calor arriba y abajo. Pincela los panecillos con el huevo batido y distribuye las semillas por encima, presionándolas apenas para que se adhieran.
Hornea durante 18 a 22 minutos, hasta que estén dorados y la base suene ligeramente hueca al golpearla. Si se doran demasiado pronto, cúbrelos holgadamente con papel de aluminio.
Pasa los panecillos a una rejilla y déjalos enfriar al menos 20 minutos antes de cortarlos. Así la miga termina de asentarse y conserva mejor su humedad.