Mezcla la harina, el azúcar y la sal. Añade la mantequilla fría y trabaja con las yemas de los dedos hasta obtener una textura arenosa. Incorpora el huevo y une la masa sin amasarla de más; debe quedar compacta y suave.
Forma un disco, envuélvelo y refrigéralo durante 20 minutos. Este reposo permite que la mantequilla vuelva a endurecerse y ayuda a evitar que la base se encoja en el horno.
Precalienta el horno a 180 °C. Extiende la masa sobre una superficie ligeramente enharinada hasta obtener unos 3 mm de grosor y cubre un molde desmontable de 22 cm. Ajusta la masa en la base y los bordes, retira el excedente y pincha el fondo con un tenedor.
Hornea la base durante 20 minutos, hasta que los bordes estén dorados claros y el fondo se vea seco. Si los bordes toman demasiado color, cúbrelos con tiras de papel de aluminio.
Bate el queso crema con los dos huevos, el azúcar restante no aplica porque ya está incorporado en la masa, la vainilla y la canela hasta obtener una mezcla lisa. No añadas azúcar adicional: la mermelada y la masa aportan el dulzor previsto.
Retira la base del horno y déjala reposar 5 minutos. Extiende la mermelada en una capa fina y uniforme, dejando libre aproximadamente 1 cm junto al borde.
Vierte el relleno sobre la mermelada y alisa la superficie con una espátula. Hazlo despacio para no desplazar la capa de fruta.
Hornea a 180 °C durante 40 a 45 minutos, hasta que los bordes estén cuajados y el centro tiemble apenas al mover el molde. No esperes a que el centro quede completamente rígido dentro del horno.
Deja enfriar la tarta en el molde hasta que pierda el calor y refrigérala durante al menos 2 horas. Desmolda con cuidado y decora con las fresas secas y cortadas justo antes de servir.